ACERCA DE LAS AUTORAS

sábado, 20 de julio de 2013

JUANA INÉS DE LA CRUZ QUIJOTE DEL FEMINISMO




Con cierta frecuencia, el apelativo Quijote tiene un significado que tiende a lo ridículo, porque recuerda al héroe configurado por la ironía literaria de Cervantes, quien satirizó al caballero andante para que se ejercitara “deshaciendo todo género de agravio”. No se debe olvidar que un quijote siempre defenderá causas ajenas y se caracterizará por ser quimérico, extravagante y romántico.
Probablemente, llame la atención el hecho de haber tildado a la monja mexicana como Quijote del feminismo; tanto por el apelativo “quijotesco” como la noción “feminista” en una época tan lejana a lo que se ha denominado “liberación intelectual de la mujer” o feminismo. Sin embargo, sobre la base del significado que le otorga Arístides Rojas en una de sus Tradiciones Venezolanas, es posible obviar del vocablo “quijote” las acepciones presuntuosas y ridículas, para asumir las que dan pie a recordar a los defensores y paladines de causas nobles; en efecto, los propósitos y las ideas que se abren paso y triunfan, a pesar del tiempo y de los hombres, tienen su origen en mentes quijotescas.
En la cumbre del quijotismo, entendido a la manera de Don Arístides Rojas, surge Juana Inés, defensora de la mujer. La monja mexicana no parece idealista ni soñadora, sino anhelante tras una causa real que la ennoblece. Como hidalga, toma sus propias armas para “enderezar entuertos” y proclamar su doctrina en pro de la libertad intelectual de las mujeres.
Para la época que le tocó vivir a Juana Inés, a las mujeres no se les permitía estudiar, ella misma lo refería en sus escritos: “le he pedido (a Dios) que apague la luz de mi entendimiento, dejando sólo lo que baste para guardar su ley, pues lo demás sobra (según algunos) en la mujer y aún hay quien diga que daña”. Estas palabras son significativas y llaman la atención, porque la “Décima Musa”, como también se le conoció, blandió su espada quijotesca en defensa de la mujer, no sólo con la escritura, sino con sus acciones. A los seis o siete años había oído decir a su madre que existía Universidad en México y “apenas lo oí - escribe- empecé a matar a mi madre con insistentes e inoportunos ruegos, sobre que, mudándome de traje – que se la vistiese de varón – me enviase a México para cursar y estudiar en la Universidad; ella no me lo quiso hacer; y hizo muy bien; pero yo desplegué el deseo de leer muchos libros varios que tenía mi abuelo”. Sor Juana Inés de la Cruz deseaba transgredir el sentido de su libertad cercenada, no con la amargura que le podría acarrear una condición de mujer desplazada por la sociedad, sino con la ayuda de su voluntad para defender sus derechos por la igualdad en el ejercicio racional.
Todo quijote es visto en su tiempo como loco, por aquello de que a Alonso Quijano “se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”; pues bien, en su oportunidad, el obispo de Puebla aconsejó a Juana Inés que dejara los estudios y que leyera más en el libro de Jesucristo, posiblemente para que no le sucediera lo mimo. En la Carta de Sor Filotea de la Cruz, suscrita por el Arzobispo Fernández de Santa Cruz en 1690, se encuentran rasgos de un problema que excede el ámbito religioso y recae en la situación del trato recibido, al respecto, por las mujeres, en la época colonial de Las Indias: la negación a las letras. Al respecto, se pueden leer las siguientes líneas: “no apruebo la vulgaridad de los que reprueban en las mujeres el uso de las letras, pues tantas se aplicaron a este estudio, no sin alabanza de San Jerónimo. Es verdad que dice San Pablo que las mujeres no enseñen (…). Letras que engendran elación, no las quiere Dios en la mujer, pero no las reprueba el Apóstol cuando no sacan a la mujer del estado de obediente”.
Aunque la monja no fue tildada de loca ni de quijotesca, en la acepción original de la palabra, sí fue vista como una persona fuera de serie; por esa razón, no es de extrañar que, aunque no vistiese de varón o estudiase en una universidad, aun siendo dama de una corte exquisita antes de ir al convento, fue sometida a un examen intelectual, suficientemente prolijo, por iniciativa del Virrey, el Marqués de Mancera, “a la manera que un galeón real se defendería de pocas chalupas que lo embistieran – dice el propio Virrey – así se desembarazaba Juana Inés de las preguntas, argumentos y réplicas, que tantos – más de cuarenta – cada uno en su clase le propusieron”. Con su formación intelectual por baluarte, Sor Juana Inés defiende las virtudes femeninas; su bandera feminista ondea como espada quijotesca y “arguye de inconsecuente el gusto de los hombres” en sus famosas redondillas:

Hombres necios que acusáis
A la mujer sin razón,
Sin ver que sois la ocasión
De lo mismo que culpáis.

Sor Juana Inés de la Cruz recrimina la inconstancia de los gustos masculinos y recrimina, en los hombres, su irreflexión ante las mujeres, a quienes ellos mismos dañan y luego abandonan: “¿por qué queréis que obren bien, si las incitáis al mal? – les pregunta, a la vez que les revela la equivocación de su actitud:
Opinión ninguna gana
Pues la que más se recata,
Si no os admite, es ingrata,
Si os admite, es liviana.

La obra de Sor Juana Inés de la Cruz se erige como ejemplo de calidad ideológica y vasta erudición. Con admirables juegos de palabra, expresa cómo una mujer  después de conquistada por un hombre, pierde todo el encanto ante el enamorado: “¿para qué me enamoras lisonjero, si has de burlarme luego fugitivo?”. Esta mujer escritora supo derrochar un estilo barroco, intelectual y cargado de adornos, a la vez que transmitía su pensamiento y su juicio ante la defensa de la mujer; por eso no se explica cómo “la que es ingrata ofende y la que es fácil enfada”.
El contenido de las Redondillas se llena del concepto que tiene la escritora acerca de la condición femenina, en un tiempo donde las mujeres estaban relegadas de la cultura y de los estudios; la libertad que buscó en el convento es evidente en sus versos, porque, con su lira, deseaba despertar a sus congéneres del letargo de los siglos que las han confinado a un segundo plano, frente a los hombres. La mujer tiene derechos y debe defenderlos con su preparación personal; de ello depende que triunfe en la sociedad y que conquiste nuevos horizontes en su vida.
Sor Juana, en pleno siglo XVII, fue un ser quijotesco porque sus ideas no pertenecían a ese momento; sus Redondillas fueron la excepción en la ideología del tiempo y la hicieron más reconocida aún en el ámbito de la defensa femenina. Juana de Asbaje fue ante todo una intelectual y su facultad primordial, aparte de la creación literaria, fue el desarrollo de la inteligencia y de la razón. Su obra “Hombres necios que acusáis” se adorna con un tema que le dio fama, por lo extraño en la época; sin embargo, en la literatura española existían elogios aislados hacia la mujer y la fuente de este tipo de literatura proviene de Italia. En el Renacimiento italiano había sido un tópico y, años atrás, se conoció la exaltación de la Donna Angelicata de Dante o Petrarca. En el siglo XV, se pensaba que la mujer podía alternar en cultura con los hombres y así se expone en el Renacimiento italiano con la teoría y la práctica. Si este pensamiento hubiese continuado en el tiempo, posiblemente en el siglo XVI y siguientes, la situación hubiese sido como la de finales del siglo XIX, con la igualdad de ambos sexos en cultura y en derechos; sin embargo todo esto fue impedido por la Contrarreforma católica, donde se consideró que la mujer debería permanecer sujeta, obediente y limitada. De esta manera, reaparece el concepto de que la mujer debe carecer de  cultura, sin derecho a la lectura o a la escritura.
Estas ideas fueron normales en la España de los siglos XVII y XVIII y, naturalmente, pasaron a América; por esa razón, una defensa a la mujer, como la hace Sor Juana Inés de la Cruz, no sólo resulta un hecho extraordinario en la época de Carlos II, sino que hoy día se mantiene vigente. Una de las frases famosas de las Redondillas invita a los hombres “queredlas cual las hacéis o hacedlas cual las buscáis”.

Apuntalando las ideas feministas de la escritora mexicana, surge su propia vida, en forma paralela; según Pedro Henríquez Ureña la respuesta, Carta a Sor Filotea o Carta Athennagórica, donde la monja manifiesta sus opiniones al Obispo de Puebla, se une a las Redondillas para demostrar que las ideas de Sor Juana no eran pasajeras sino que, por el contrario, formaban parte de sus vivencias. Probablemente, si Sor Juana Inés hubiera nacido a finales del siglo XIX, hubiese sido feminista y sufragista; es conocido el hecho de que, cuando escoge el convento en vez del matrimonio, lo hace para tener mayor libertad y dedicarse a su formación intelectual sin el compromiso de atender un hogar, un esposo y unos hijos. El matrimonio era el camino opuesto a la educación intelectual y obligaba a la mujer a recluirse en una morada para atender a la familia numerosa y disponer la casa arreglada para la familia. Por su lado, el convento ofrecía un camino muy distinto porque la libertad del recogimiento era propicia para generar estudios y diversas actividades culturales y literarias.
En la respuesta que Sor Juana da al obispo de Puebla, explica detalladamente su afición a las letras y lo justifica con el recuento de las mujeres en las letras sagradas y profanas; por ese motivo, alude a personajes extraídos de la Santa Escritura, a las Sibilas elegidas por Dios para profetizar los misterios de la fe; Minerva, diosa de las Ciencias en Atenas; Arete, hija de Aristipo, Nicóstrata, inventora de las letras latinas; Aspasia Milesia maestra de Pericles; “en fin, a toda la gran turba de las que merecieron nombres, ya de griegas, ya de musas, ya de pitonisas, pues todas no fuero más que mujeres doctas, tenidas y celebradas y también veneradas de la antigüedad por tales”.
 Para explicar cómo llegó a las Sagradas Escrituras, Reina de las Ciencias, Sor Juana debió estudiar Retórica: “¿cómo sin retórica entendería sus figuras y sus tropos y locuciones?”, de la misma manera, se aproximó a los estudios de Física, Música, Geometría, Arquitectura, Historia y Astrología. Con esta preparación, la Décima Musa, quijote y defensora de la mujer en pleno siglo XVII, plasmó sus ideas en “la Carta Magna de la libertad intelectual de las mujeres de América”, a decir de Alberto Gil Salceda.

REFERENCIAS
Henríquez Ureña, P. (1987). La utopía de América. Caracas: Ayacucho.
Poesías escogidas de Sor Juana Inés de la Cruz. (1965). México: Paz- México.
Robles, M. (1989). La sombra fugitiva. Escritos en la Cultura Nacional. México: Diana.
Rojas, A. (s.f). Leyendas históricas de Venezuela. Caracas: Primer festival del libro venezolano.

Sor Juana Inés de la Cruz. (1972). Selección poética. Argentina: Kapelusz

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